21 dic. 2009

"CIEN AÑOS DE SOLEDAD" por Vicente Puchol

“CIEN AÑOS DE SOLEDAD” – Gabriel García Márquez.

Leí “cien años de soledad” por orgullo.
Quería poder demostrarme cuan capaz era de leer una novela mucho más allá de un best-seller al uso. Al fin y al cabo, por aquel entonces no leía otra cosa que no fuera pasando de boca a oído, y del ranking a mis manos. Hablo de no hace mucho, quizá veinte años a lo sumo, o tal vez veinticinco… que más da si en Macondo el tiempo está detenido y después de treinta y dos guerras civiles, todavía no ha nacido el Aureliano que les lleve al pueblo un tren para sacarlos de la miseria.
Si fuésemos sinceros, reconoceríamos que a todos nos han influenciado alguna vez la necesidad de la lectura en nuestra infancia o juventud.

Los menos, la adquirieron de unos padres que por lo general, nunca fueron al colegio o tuvieron que dejarlo por la azada; eran otros tiempos y no había lugar para el estudio en casa de humildes; Aunque éstos al menos, tienen la suerte de poder recordarlo, como Aureliano Buendía recordaba la primera vez que su padre lo llevó a conocer el hielo.

La gran mayoría, quedaron influenciados por sus profesores de instituto bajo la batuta de “lectura obligatoria”, y en este punto, una gran masa aparcó la lectura como sinónimo de placer y aventura, y la transformó en tiranía impuesta; perdieron con ello el futuro, para su desgracia. A éstos, no les lloverán flores cuando mueran de locura atados a un árbol de su patio, el realismo mágico nunca los invadirá por completo.

Algunos otros, se agenciaron libros de biblioteca en plena adolescencia, para deslumbrar con su incipiente cultura a toda aquella fémina que tuviera a bien aguantarle un par de coca-colas y media hora de andanzas entre páginas dobladas con párrafos de amor ó desamor subrayados, según conviniera el asunto.
Éste y no otro, era mi caso.

Durante los cuatro años que duró la lluvia en Macondo encontré la horma de mi zapato en una mujer a la que llamaremos Amaranta, y cuya cultura y sabiduría bien podría enfrentarse con la del gitano Melquíades. Esta mujer, entonces adolescente, me enseñó que no todas las historias podían ser contadas con el mismo hilo argumental ni del mismo modo y manera; puso entonces en mi mano dos libros y se marchó.
El primero lo leí de un tirón, estaba a punto de comprarlo porque adornaba los escaparates de todas las librerías y me ahorré las pelas.
Del segundo, tarde algunos años en abrir la primera página. Lo guardé en la biblioteca y me dije que en verano, época más propicia para el ocio y la lectura, volvería a caer en mis manos. No fue así.
Jamás encontraba tiempo para enfrascarme en una farragosa lectura de cuatro siglos de historia en donde todos los personajes se apellidaban por igual. Quizá tuviera el miedo inconsciente de que nada volvería a la realidad después de su lectura, que todo desaparecería arrasado por el viento una vez concluida la última página.
Le confesé a Amaranta mi desazón por no complacerla con tan apasionada recomendación y para mi asombro y posterior tranquilidad, me contestó con un “yo tampoco he podido pasar de las primeras cincuenta páginas”. Y así fue como “Cien años de soledad” pasó a acumular polvo en el estante mientras sus personajes pugnaban por salir del ostracismo y yo los miraba de reojo sin atreverme siquiera a acercarme.

Algún tiempo después (ya hemos dicho que en Macondo el tiempo todavía está detenido), fue mi hermano Aureliano Segundo quien sorprendido por mi infidelidad a Gabo, me confesó el gran secreto que escondía su libro para quien quisiera leerlo: “Nunca empieces esa obra sin agenciarte lápiz y papel para desarrollar tu mismo, el árbol genealógico de las familias Iguarán y Buendía”.
Dolido en el orgullo de lector empedernido por la torpeza de mis actos, abrí aquella tarde la primera página y empecé a leer: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”, quince días más tarde, mi vida había cambiado por completo.

Vicente Puchol

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